martes, 7 de marzo de 2017

La colección Chtchoukine, el gran éxito de la temporada

Si ha habido una exposición que ha triunfado en esta temporada cultural otoño-invierno ésa ha sido Iconos del arte moderno, la celebrada en la Fundación Louis Vuitton, y que ha recibido más de 1,2 millones de visitas. La colección Chtchoukine (Shchukin en español) es una de las más famosas colecciones privadas de arte moderno. Durante su estancia en París, Sergei Shchukin acumuló un importante ramillete de obras de arte vanguardistas y fue mecenas de algunos destacados artistas. Estas obras están repartidas entre el Museo Ermitage de San Petersburgo y el Museo Pushkin de Moscú. Desde el primer día supe que quería ver esta exposición pero, por diferentes motivos, no lo he podido hacer hasta el último día. Ha sido tanta la afluencia de visitantes que las reservas se tenían que hacer con más de un mes de antelación, para entrar en el recinto había que esperar más de una hora aún teniendo la entrada comprada por internet y, los últimos días, el centro ha estado abierto hasta la 1:00 de la madrugada.

Retrato de Sergei Shchukin por Xan Krohn

Aunque tanta expectación valió la pena. La exposición se compone de 130 piezas de arte de vanguardia, aproximadamente la mitad de la colección, y ésta ha sido la primera vez que se exponían fuera de Rusia. Se trata, por tanto, de un préstamo masivo: nunca un museo ruso había prestado tantas obras al mismo tiempo. Me imagino los esfuerzos que la comisaria de la exposición, Anne Baldassari, y los responsables de la Fundación han tenido que hacer para poder traer estas magníficas obras y más en estos últimos años en que las relaciones franco-rusas no están en su mejor momento.

Mujer tumbada bajo un árbol de Odilon Redon

En uno de sus viajes a París, el acaudalado empresario ruso Sergei Shchukin descubrió la obra de Paul Cézanne, uno de los pintores más influyentes del arte moderno, y empezó un frenesí de compras de 275 obras de pintores vanguardistas que duró diez años. Aconsejado por importantes marchantes como Durand-Ruel o Vollard, Shchukin adquirió cuadros de su admirado Cézanne y de otros coetáneos como Matisse, Monet, Gauguin, Braque, Picasso, Marquet, Redon, Derain, Vuillard, Signac... y tantos otros y algunas piezas extraeuropeas, por ejemplo, en la muestra hay una seda china pintada a mano y algunas figuritas africanas, lo que lo convierte en un precursor de los coleccionistas de arte exótico. Todo tipo de tendencias se ven en estas paredes: impresionismo, expresionismo, simbolismo, cubismo, abstracción... y hasta nabi pero, si hay que destacar una corriente entre todas las demás, habría que hacer notar la gran presencia de obras fauvistas. Además, hay una pequeña muestra de arte ruso, aunque estas obras no pertenecen a la colección Shchukin sino que han sido cedidas por otros museos. Su presencia aquí se explica porque el señor Shchukin decidió abrir su mansión, el palacete Trubetskoy, al público para mostrar sus obras lo que inició un nuevo período en el arte ruso: Rodtchenko, Malevitch, Goncharova y otros están aquí presentes para dar fe de la importancia de esta colección más allá de las piezas que la componen.

Arquitectónica pictural de Liubov Popova

Aun habiendo visitado la exposición de noche, me tocó esperar un buen rato y armarme de paciencia puesto que las salas estaban llenas lo que impide encuadrar bien las fotos, leer las explicaciones con calma y caminar cómodamente por las salas. Pero no importa, estoy tan contenta de haber visitado la exposición que lo más difícil ha sido elegir las imágenes a publicar.

La Dama de verde de Matisse

La exposición, sin duda, es muy meritoria y está muy bien conseguida la primera parte. Empezamos la exposición con una sala llena de retratos de diferentes artistas y épocas. La segunda sala emite una proyección sobre la vida de Shchukin y su colección. Pero esto no es más que un aperitivo porque lo mejor llega con las siguientes galerías en las que se reproducen algunos de los espacios de la mansión del coleccionista. En primer lugar, una enorme sala con las primeras obras que adquirió entre las que destacan algunos cuadros del estilo nabi (Vuillard, Denis, entre otros), algún Cézanne y piezas simbolistas.

Interior en Villeneuve-sur-Yonne de Vuillard

A continuación, pasamos a una de las partes más populares de la muestra : la dedicada a los paisajes. En ella, hay obras de Signac, Rousseau, Guillaumin, Seurat, un paisaje de Sisley y varios cuadros de Monet, el gran maestro de la naturaleza. La aglomeración de gente en este espacio es importante. Y no es para menos, se me enamora el alma cuando veo estos Monet. Aunque también hay pasajes urbanos como los de Pisarro.

 Paisaje con ruinas de Guillaumin

Las praderas de Giverny de Monet

La siguiente sala es muy importante en el desarrollo de la exposición ya que están las obras de Cézanne, el artista que abrió los ojos de Shchukin al arte moderno, obras de diferentes épocas de Matisse donde podemos apreciar su evolución, así como cuadros de Picasso y Braque.

Los jardines de Luxemburgo de Matisse

La sexta sala es, junto con la anterior, una pieza clave en el conocimiento de esta colección. Se trata de un espacio en el que se muestran once de las 16 obras que Shchukin adquirió a Gauguin, el influyente artista que pintó la vida polinesia.

Escena de la vida tahitiana de Gauguin

Siguiendo el recorrido, nos encontramos con una sección dedicada a los retratos, todos muy diferentes entre sí: Renoir, Degas, Picasso, Matisse, Redon y el omnipresente Cézanne.

 La Dama de azul de Cézanne

La bebedora de absenta de Picasso

La sorpresa llega, a continuación, con una sala dedicada a Matisse en la que destacan sus obras del período fauve. Aquí vemos los cuadros que muestran sus estudio, interiores y naturalezas muertas. Los colores tan saturados son apabullantes, impactantes y muy contratados entre sí. Más adelante, hay una pequeña estancia con naturalezas muertas de diferentes estilos donde, nuevamente, Cézanne pone las reglas.

Naturaleza muerta con mantel azul de Matisse

A partir de este momento, comienza la segunda parte de la muestra, algo menos interesante que la anterior. La organización ha creado unas secciones llamadas Confrontaciones en las que se oponen ciertas obras de la colección Shchukin con otras del arte ruso de vanguardia. No sé si la idea de confrontar es adecuada, creo que más se podría hablar de influencias ya que estos artistas rusos no eran divergentes en sus propuestas a las de los maestros occidentales a los que admiraban sino, al revés, los tomaban como base para el desarrollo de sus carreras. En todo caso, algunas de estas salas no las he entendido bien: no sé si por tanta gente que había no me enteré bien de lo que decían los carteles o quizá, porque había llevado un día muy movido, no estaba ya para muchas explicaciones y conceptos raros. Estas confrontaciones se agrupan en cuatro: Tótems y tabús, Iconos, Cuatro dimensiones y Prototipos de la nueva pintura donde emerge de nuevo la figura mayor de Cézanne, del que pronto hablaré en el blog.

Mardi Gras (Pierrot y Arlequín) de Cézanne

Entre todas ellas, una isla de coherencia llamada La célula Picasso. Shchukin y el pintor malagueño no tuvieron una relación muy cordial pero, aún así, lo suficiente para que el empresario ruso adquiriera unas cuantas piezas y llenara con ella uno de los salones de Trubetskoy.

La Driada de Picasso


Con la parte rusa de la exposición, me ha ocurrido exactamente lo mismo que con el resto: la he visto entre embelesada y admirada y he estado un buen rato pensando en cuántas fotos iba a publicar. Aunque no formen parte de la colección Shchukin, las obras expuestas son muy valiosas y representativas del arte ruso de primera mitad del siglo XX y pertenecen a pintores y escultores de primer orden y, normalmente, no suelen salir de los museos en los que están expuestas de manera que la expectación es máxima. Si unimos el reducido tamaño de las salas en que se exponían, el ambiente era un poco agobiante pero no quería dejar pasar la oportunidad de contemplar y fotografiar estas obras. Como he dicho antes, no he entendido bien el concepto de contraposición o confrontación que les da la muestra respecto a las obras occidentales por lo que pasé de líos conceptuales y me concentré en la observación. Las piezas son más modernas y atrevidas que las de la colección Shchukin y, en su mayoría, son expresionistas, cubistas, simbolistas y abstractas. Destaca el Cuadrado negro de Malevitch que rompe con la realidad y es todo un manifiesto del nuevo arte que se estaba gestando. También es importante la alta presencia de féminas entre los artistas aquí expuestos. Aquí dejo una pequeñísima selección de las obras.

 Cuadrado negro de Malevitch. Es la segunda vez en mi vida que veo este cuadro.

 Construcción de Liubov Popova

Contrarrelieve de Vladimir Tatlin: escultura y pintura a un tiempo. El arte abstracto rompe con la realidad de tal manera que incluso funde los límites de la expresión artística tradicional.

Durante los diez años transcurridos entre 1898 y 1908, Shchukin adquirió un total de 275 obras de arte pero, a raíz de las muertes de su esposa y de dos de sus hijos así como del suicidio de su hermano, ya no volvió a comprar más. Unos años después estalló la Revolución rusa y se exilió en Weimar, Alemania. Acabada la guerra civil rusa, sus bienes fueron confiscados y su colección expuesta en un museo llamado de Arte occidental. Stalin, que no era muy amante del arte moderno, cerró el museo pero tuvo la precaución de poner las obras a buen recaudo durante la Segunda Guerra Mundial. Finalizada la contienda, dividió la colección entre los dos museos más importantes de la Unión Soviética, los antes citados Ermitage y Pushkin. La historia es un poco rocambolesca pero, al menos, la colección está entera y perfectamente conservada. Me vienen a la cabeza historias de los jerarcas nazis que vendían individualmente y al mejor postor las obras embargadas a sus víctimas de manera que, aún hoy, hay colecciones desperdigadas y obras desaparecidas. Afortunadamente, en este caso no fue así.

Los acantilados de Étretat de Claude Monet

La Desserte. Habitación en rojo. Armonía en rojo de Matisse

La exposición ha sido todo un éxito. No sólo ha batido récords de asistencia de público sino que las críticas han coincidido en la importancia de la muestra. Como he comentado antes, la mayor parte de estas obras nunca habían salido de Rusia. Asimismo, las salas con obras de artistas rusos como propina ha sido todo un regalo para los visitantes aunque la perspectiva de la confrontación no me parezca la más acertada. A pesar de la cantidad de gente, el la circulación era bastante fluida: los espacios están bien delimitados y la organización ha aprovechado hasta el último metro cuadrado de espacio para que no se organizaran tapones. Las explicaciones de la exposición son cortas, claras y concisas por lo que sólo cabe felicitar a la comisaria y su equipo. También me gustaría destacar que los trabajadores de la Fundación son muy amables y que, además de los vigilantes, había unos puntos de apoyo a la visita, es decir, unos empleados que resolvían las dudas del público y ofrecían breves explicaciones. Es muy importante ver que no son guías (quienes seguís mi blog sabéis que no me gustan las visitas guiadas) sino una ayuda para resolver dudas puntuales o pedir un punto de vista más técnico para entender las obras: una iniciativa muy útil ya que, los últimos días, estaban agotados los folletos y el catálogo oficial de la exposición. El único pero que pondría es que, en general, las obras están mal iluminadas y las paredes son blancas de modo que, por momentos, se me cansaba la vista. Pero, por todo lo demás, esta exposición ha sido magnífica. No tengo palabras para expresar la emoción que se siente ante la visión de estas formidables obras que además están fuera del circuito habitual de exposiciones. A nivel artístico y por las especiales circunstancias que la han rodeado, puedo afirmar que ésta ha sido una muestra irrepetible.

Frutas de Cézanne. A este magnífico pintor le debemos esta colección. 


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