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lunes, 25 de febrero de 2019

El año del Cerdo

Un año más vuelvo a mi cita con el desfile del Año Nuevo Chino. Afortunadamente, este año ha sido más vistoso y un poco más lucido que el del año pasado que, a mi juicio, marcó el punto más bajo de la decadencia de este acontecimiento.

Para empezar, vuelven a estar permitidos los petardos lo que hace más auténtico el espectáculo de los leones. El recorrido sigue siendo más corto que hace años pero, al haber más participantes, no se abren huecos entre los diferentes grupos que desfilan. Por suerte, además, dichos grupos han renovado algo sus espectáculos y animaciones de modo que no resulta repetitivo respecto a años anteriores. Parece pues que la comunidad asiática en París se ha tomado en serio lo de que el año del cerdo es el año de la prosperidad y la alegría. Por otro lado, es año de elecciones municipales por lo que quizá el Ayuntamiento y la Junta de Distrito hayan sido más generosos en sus contribuciones económicas.

Como decía, este 2019, el desfile ha sido más colorido y variopinto que los dos últimos aunque sin llegar al nivel del primero que vi en febrero del 2015. Os dejo con las imágenes.











jueves, 17 de mayo de 2018

Caracteres de Asia

Hasta el próximo 28 de mayo se puede visitar en el Museo Guimet una breve pero interesante exposición llamada Caracteres de Asia y que expone algunas de las mejores piezas del fondo bibliográfico del centro. Situada en la rotonda de la biblioteca del museo, hay una breve explicación acerca de las diferentes lenguas y formas de escribir asiáticas y de los objetos mismos con los que se escribe y sobre los que se escribe. En este último punto, destaca la importancia de los materiales empleados y expuestos aquí. Es cierto que los chinos inventaron el papel de arroz pero había muchas superficies en las que poder escribir. Además de las distintas clases de papel, el cuero y la tela, me ha llamado la atención el empleo como medio de escritura de hojas de palma llamadas ôles, cortadas en láminas alargadas y que se apilan y cosen formando una especie de persianas, normalmente envueltas en dos cortezas de árbol. Estas ôles también pueden realizarse con retales de los hábitos de los propios monjes budistas. Para escribir, los pueblos de extremo oriente empleaban tinta vegetal y mineral; especialmente llamativo es el uso de tinta de oro que queda preciosa para escribir sobre superficies oscuras.

Si importante es el aspecto material, no lo es menos el estético. Los diferentes modos de escribir, las diferentes tipografías así como la ornamentación de los escritos marcan una determinada intención para acompañar el contenido de la obra. En algunas lenguas, como el árabe, la caligrafía tiene incluso carácter sagrado. Estos elementos tan especiales convierten la escritura en todo un arte y algunas de las piezas aquí expuestas son un maravilloso ejemplo de esto.


 Sutra del Loto de la Buena Ley. Manuscrito en tinta de oro sobre papel en siete fascículos recubiertos de seda brocada
 Sutra del Corazón, manuscrito en tinta de oro sobre papel negro. Proviene de Tíbet

 Comentarios de Tipitaka, obra budista procedente de Birmania. Ôles lacadas en oro, rojo y negro y manuscritas en una tipografía llamada "de granos de tamarindo"

Manuscrito chino escrito en lengua haxi sobre papel plegado 
 
Manuscrito árabe
 
 Los Versículos de la Verdad, obra búdica birmana escrita y lacada sobre ôles
 Interior de una obra escrita sobre ôles

domingo, 13 de mayo de 2018

Daimyo, señores de la guerra en Japón

Justo hoy acaba la maravillosa exposición dedicada a los antiguos Daimyo, los señores feudales japoneses, entre el Museo Guimet y el Palais de Tokyo. Para ilustrar esta figura histórica, la exposición concentra 33 armaduras provenientes de diferentes colecciones públicas y privadas francesas así como otros objetos militares: espadas, cascos, abanicos o arcos.

Para los que nos gusta la cultura japonesa, esta exposición es una delicia, a pesar de la incomodidad que supone visitarla. El recorrido empieza en un edificio cercano al Guimet y continúa dentro del museo en una sala de difícil acceso. Como tercera etapa, hay que bajar unos metros por la avenida Wilson hasta entrar al Palais de Tokyo donde se expone la colección de armaduras del artista Georges Henry Longly, quien además ha preparado la presentación de la misma. Por supuesto, además de hacer más paradas que un autobús de línea, hay que pagar dos entradas.

Aparte de esta cuestión práctica, las explicaciones no eran ninguna maravilla  Entiendo que no se pueden elaborar fichas técnicas muy largas para no marear al visitante pero algunas hacían mucho hincapié en aspectos técnicos e históricos poco comprensibles para el espectador pero no incidían en la parte más llamativa de la decoración, en especial, de los espectaculares cascos de las armaduras.

Os dejo con las imágenes.

Armadura en tonos azules con casco con decoración de cuernos de ciervo y máscara con bigote realizado en pelo de oso
Armadura que perteneció a Kato Sado. El casco lleva una cabeza de dragón y unas ramas de planta y las mangas se pueden convertir en escritorio.
Impresonante armadura con casco formado por plumas de pavo real, pelo de yak, un crisantemo imperial sobre la frente, coraza de cuero brocado y acompañada de un estandarte shinto.
Armadura de la familia Achisuka con casco de 62 láminas con una representación de Shoki, personaje legendario que espantaba los malos espíritus.
Armadura de Arima Noriyori, Daimyo de Obama. El casco está realizado con 62 láminas y se decora con dos cuernos estilizados
Armadura de estilo medieval con estructura de láminas y cuero impreso. Las mangas son copia exacta de las de la armadura del santuario de Kasuga-jinja en Nara.
Armadura con de seda bordada sobre malla de metal, adorno metálico en forma de tridente en el casco y máscara con decoración en relieve de ciruelos en flor
 Armadura con seda azul y naranja y casco con adorno de libélula
 Armadura de la familia Sagara con seda, madera lacada y casco en forma de cola de pez
Armadura de la familia Koido con máscara y casco en forma de amuleto shinto


Katanas
Abanicos rígidos a modo de estandartes
Manguitos de arquero
Casco en forma de tocado de la Corte
Casco con patas de cangrejo, pelo de oso y aletas
Casco que simula alas de libélula

viernes, 20 de abril de 2018

Kintaro

Ya hace tiempo que tendría que haber publicado un artículo hablando de Kintaro, uno de los mejores restaurantes japoneses de París, tan rico que siempre tiene cola para entrar. Ya que me he puesto al día con algunos de mis restaurantes favoritos de París como Le Café de l'Industrie, el peniche Rosa Bonheur y Le Café des Livres, hoy le toca a Kintaro, más cantina para comer algo rápido que restaurante propiamente dicho.

El precio es muy asequible para la zona de París donde se encuentra y, con tanto movimiento de clientes, tenemos la seguridad se que los productos son frescos y los platos están recién hechos. Además la cocina es abierta al público lo cual tiene la ventaja de que vemos trabajar a los cocineros, una experiencia genial y muy entretenida, y el inconveniente de que salimos del lugar con la ropa y el pelo oliendo a fritanga, sobre todo, porque una de las especialidades de la casa son los empanados con panko. Abre todos los días en cocina non stop del mediodía hasta las 22:30 por lo que se puede ir allí en cualquier ocasión.

He ido dos veces en poco tiempo. La primera de ellas comí en la barra y la segunda en mesa. En la primera ocasión, elegimos algo rápido: un menú de pollo con salsa de la casa (toridon) y un menú de panceta de cerdo aromatizado al jengibre acompañado de arroz (shoga yaki). Rico, contundente y a buen precio, ¿qué más se puede pedir?

Menú Buta Shoga Yaki
Menú Toridon

Caso distinto fue unas semanas después en que mis amigos y yo teníamos tiempo para comer y nos pedimos postre y café. Mis amigos se decidieron por el toridon y yo me pedí el plato que había visto a una cliente del local mientras hacía cola en la calle: el gekikara ramen. Se trata de un cuenco enorme de sopa (tan grande que parecía un pozal) con un caldo de cerdo picante delicioso, picadillo de carne de cerdo especiada, hierbas y condimentos variados y los fideos en su punto exacto de cocción. Este guiso venía acompañado de arroz chahan salteado con cerdo, verduras, huevo y gambas y con gyozas de carne, los dos últimos a compartir con mis amigos. Seré sincera: mientras escribo esta líneas se me hace la boca agua al pensar en este plato pero es difícil de comer porque es picantísimo, está ardiendo y hay que emplear la cuchara para el caldo y la carne picada y, también, usar los palillos con destreza suficiente para comer los fideos sin salpicar en la blusa propia o ajena. Se necesita ser un gran aficionado a la comida picante, tiempo suficiente para comer un plato muy abundante con calma y habilidad para manejarse con una sopa con muchos ingredientes de diferentes tamaños dentro. Recomiendo pedir el arroz como guarnición porque ayuda a calmar el paladar y asentar el picante en el estómago y, además, está muy rico. Las gyozas son buenísimas y se nota que son caseras porque entran solas.
Gekikara ramen: repetiré

Para calmar el picor de mi paladar (no se había calmado del todo con la pinta de cerveza japonesa), pedí un flan de té verde y mi amigo, el goloso del grupo, jalea de café. El flan estaba bueno pero llevaba gelatina y no me gusta mucho. La jalea era un poco dulce para mi gusto pero no para el de mi amigo que se echa dos terrones de azúcar en el café. Repetiremos pronto y, en mi caso particular, volveré a pedir el ramen picante.
Flan de té matcha
Jalea de café

Aparte de lo gastronómico, otro de los placeres de esta cantina es que fue reformada hace muy poco y el local se ve muy limpio, moderno y cómodo. La cocina está a la vista y los clientes vienen y van constantemente sin obstáculos porque el espacio es un poco justo pero suficiente para pasar. Los camareros son muy amables y no pierden la sonrisa en ningún momento. Además, se nota que la gente sabe lo que come ya que no hay más que ver la destreza de algunos con los palillos.

Cocina abierta y la barra al lado

domingo, 25 de junio de 2017

El orgullo gay y la cocina japonesa

Fin de semana lleno de actividades. La semana más calurosa del año termina con varios eventos a cual más peculiar. El ayuntamiento ha decidido organizar unas jornadas en favor del olimpismo con varias actividades incluidas unas carreras de atletismo en una pista flotante en el Sena. Aquí las imágenes.

Pero no era esta actividad la que más me interesaba sino dar una vueltecita por el Marais, en concreto, por su barrio gay para ver un poco la decoración que se había montado con motivo del desfile del Día del Orgullo Gay. Si normalmente el barrio es muy bonito, con la decoración arco-iris estaba precioso.


 Los colores de la bandera del movimiento gay

Lo que no esperaba encontrarme era una feria japonesa en el mercado des Blancs Manteaux. Me ha venido muy bien el paseo para encontrar C'est bon! Le Japon, una feria de gastronomía, arte culinario y turismo. Es muy pequeña y no hay gran cantidad de cosas pero siempre es interesante ver artesanía japonesa y degustar un buen sake.



Interior de la feria con samurais en origami, incluidos.


domingo, 30 de abril de 2017

Alexandra David-Néel

Junto con la exposición Kimonos y también hasta el 22 de mayo, el Guimet dedica un pequeño espacio expositivo a una de las más importantes aventureras de todos los tiempos: Alexandra David-Néel. La vida de esta señora daría para escribir varios libros no sólo por su labor de exploradoras y viajera sino por todas las circunstancias increíbles que rodearon su existencia.

Nació en un matrimonio interreligioso, hija de una belga tradicionalista católica y un francés hugonote y republicano, aunque no debió de influirle la educación cristiana ya que, con sólo 21 años, se convirtió al budismo en 1892. Durante su juventud, su padre la inició en la francmasonería a la que se uniría de adulta y le presentó al geógrafo anarquista Elisée Reclus quien le ayudaría en sus deseos de emancipación y le enseñó los conceptos políticos más revolucionarios. También entró a trabajar como periodista en la revista feminista La Fronde, creada por Marguerite Durand. Además estudió canto y piano en el Conservatorio de Bruselas. Se matriculó también en el Collège de France donde estudió sánscrito y tibetano. En 1889, realiza su primera visita al Museo Guimet, el mismo que ahora le dedica esta exposición, lo que para ella fue una revelación, el descubrimiento de aquello que intuía pero no conocía y una manera de profundizar en el orientalismo que tanto la atraía.

Vestido de cantante de Alexandra David-Néel

Como resultado de sus estudios de música, Alexandra comenzó una importante carrera como cantante de ópera que la llevó a recorrer algunos importantes teatros europeos y de las colonias europeas en el norte de África y Asia. Entre su repertorio se encontraban importantes obras como La Traviata de Verdi, Lakmé de Délibes, Faust de Gounod o Carmen de Bizet. Precisamente, en el desempeño de su carrera como cantante, nuestra heroína viajó por primera vez a la India y a Indochina. Posteriormente, se casó con su primo Philippe Néel del que adoptaría el apellido. El matrimonio fracasó y se separaron muy pronto pero siguieron siendo amigos durante toda su vida e intercambiando correspondencia y ayudándose en lo que podían. 

La luz de la sabiduría: manuscrito del siglo XIII

El primer viaje de David-Néel a Asia tuvo lugar entre 1911 y 1925. Partió de Túnez a Ceylan (Sri Lanka) y recorrió La india, Sikkim (en ese momento, Estado independiente), Nepal, Tíbet , Mongolia, China hasta llegar a Corea y Japón, después de pasar por Birmania y Malasia. La meta principal de su periplo era Lhassa, la capital del Tíbet, ciudad que estaba vetada a los extranjeros y en la que consiguió entrar en 1924, siendo la primera mujer europea que lo logró. A su regreso, dio conferencias en Francia y otros países europeos, escribió en varios medios de comunicación y recibió numerosos premios.

El Tesoro de los muy preciados Sutra y Tantra: xilografía del siglo XIX

Su segundo viaje tuvo lugar entre 1937 y 1946. El trayecto fue muy diferente: David-Néel llegó hasta Pekín vía Moscú y de allí pasó al Tíbet donde pasó cinco años (1938-1943) y Sichuán, una de las provincias más inaccesibles y misteriosas de China (1943-1945). Pasó otro año en la India y regresó a Francia en 1946. Durante esos años, pasó ciertas dificultades debido a los problemas derivados de la II Guerra Mundial. Una vez en su país natal, se instaló en una modesta casita en la Provenza con vistas a las montañas donde continuó en el perfeccionamiento de la budismo, el yoga y la meditación. Volvió a su actividad de escritora y publicó artículos en prensa y varios libros con las aventuras de sus viajes y de cultura y literatura asiática.

En esta exposición, pequeña pero muy interesante, hay fotos, manuscritos y otros objetos de la colección del propio museo que pertenecieron a esta impresionante mujer. 

Bonete y bolsito tibetanos

sábado, 8 de abril de 2017

Happa Teï

Hay un truco casi infalible para no equivocarse con la elección del restaurante: entrar en aquél que tiene una larga fila de gente esperando en la puerta. Éste es el caso de Happa Teï, un restaurante de tapas y comida rápida japonesa de la rue Sainte Anne, en el barrio japonés de París. Es un sitio pequeñísimo: una cocina que no para ni un segundo en la planta calle y un pequeño salón en el primer piso. Pero es suficiente para pasar una noche genial. Una colorida carta nos enseña la variedad de tapas, entradas, takoyaki y okonomiyaki, así como las bebidas entre las que destacan varios tipos de sake, incluido uno espumoso, calpis y otros refrescos así como vinos y cervezas. En la ventana que da a la calle se ve a uno de los cocineros que no para de dar vueltas a los takoyaki, unas bolitas de masa rellenas de pulpo y acompañadas de salsa y especias. Viendo el espectáculo, una no puede resistirse.

Mi amigo y yo pedimos cerveza Kirin, una tapa de pulpo, otra de cerdo marinado, una ración de takoyaki y una okonomiyaki de estilo Hiroshima con gambas y calamar. De postre, una bola de helado de té matcha para bajar la comida y recuperarnos del calor porque, entre lo angosto del lugar, la cantidad de gente y que la cocina estaba a pleno rendimiento, estábamos asados como pollos. La cena fue un acierto absoluto y es que tengo un don para escoger lo mejor de los sitios a donde voy y, por supuesto, buen paladar para apreciarlo. Quizá suene arrogante pero es que es así: no todo el mundo acierta. Todo estaba delicioso, los camareros fueron muy amables y el ambiente fue genial. Una cena perfecta.

Tapa de pulpo y tapa de cerdo marinado, al fondo. Todo muy bueno y en su punto.

Cerveza Kirin Ichiban 

Takoyaki ardientes acompañados de salsa barbacoa japonesa (a base de salsa inglesa, ketchup, azúcar y mentsuyu), especias y atún deshidratado. La foto no es muy buena pero los takoyakis estaban riquísimos. 

Okonomiyaki con fideos, col, calamares, gambas y mucho más. 

Helado de té matcha y crema de judía roja.