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jueves, 27 de diciembre de 2018

La Cenerentola

Aunque llevo mucho retraso con las entrada del blog, no puedo dejar de actualizarlo con algunos de los momentos más importantes que mi agenda ha vivido en los últimos días. El pasado 3 de diciembre volví a mi querida ópera Garnier a ver otra ópera. Me arriesgué a coger un billete para el palco central que es grupal y la jugada no me salió del todo bien. Por suerte, a mi lado no había nadie y pude moverme en el segundo acto al asiento de al lado. Algo que me llamó la atención es que la gente llega tarde al espectáculo y lo peor es que les dejan entrar lo que es muy molesto y no permite meterse en la historia. Por suerte, ésta no es demasiado complicada. Todo el mundo conoce la historia de la Cenicienta sólo que el maestro Rossini pidió a su libretista, Jacopo Ferretti, que prescindiera de todos los elementos sobrenaturales de la historia y que equilibrara las voces para poder reciclar la partitura de El Barbero de Sevilla que el genio de Pésaro había estrenado seis meses antes. En efecto, la construcción, la armonía vocal e, incluso, algunos de los números son los mismos que en El Barbero, como si se tratara de dos óperas simétricas o de una fotografía y su negativo.

El programa, la entrada y mis gemelos

Como digo, hay algunas diferencias con la historia original: en lugar de un hada madrina hay un sabio maestro del príncipe, en lugar de perder un zapato Cenicienta entrega un brazalete, la madrastra se convierte en padrastro y, sobre todo, hay un juego de máscaras porque el príncipe se hace pasar por escudero y el mayordomo por príncipe. De esta manera, el príncipe en las ropas de un lacayo se enamora perdidamente de una modesta joven que, en apariencia, es una criada. Luego descubriremos que es una noble esclavizada por su malvado padrastro y sus desustanciadas medio hermanas.

Mi butaca

Aunque se trata de un cuento de amor y bondad, la puesta en escena ideada por Guillaume Gallienne fue sórdida, oscura y cutre. Aunque la dirección actoral tuvo puntos muy interesantes, cuando Don Magnifico, el padrastro, dice que su palacio está en ruinas no puede ser más explícito. Todo está en ruinas. En teoría, la acción se desarrolla en Salerno, ciudad cerca de Nápoles, y la verdad es que parece que tal sitio haya sido tomado por la Camorra, la mugre y un terremoto, todo a la vez. Me gustaron algunos detalles como la aparición de un montón de mujeres vestidas de novia ante el anuncio del baile organizado por el Príncipe Ramiro y el movimiento de dichas figurantes durante varios pasajes de la obra pero el resto no había por donde cogerlo: la Cenicienta vestida con harapos a medio camino entre una santa eremita y una troglodita, el barón Don Magnifico que ha pasado la noche con una lumi, Dandini vestido de gángster de Chicago... hasta el príncipe aparece con una férula de madera en una pierna. Se supone que en la obra viene de un viaje de placer, no de la guerra. No sé si trata de una metáfora para decirnos que los príncipes azules ya no son lo que eran.

Los solistas de la obra

El director de la noche fue Evelino Pidò al que ya oimos aquí. La orquesta sonó correcta, sin más. Y es una lástima porque esta ópera es preciosa y se le podría haber sacado más enjundia. El coro dirigido por José Luis Basso estuvo fenomenal como siempre. Aunque se trata de una obra maestra del bel canto, no todo lo que se oyó esa noche lo fue. nada que objetar a la maravillos Marianne Crebassa a la que vi por primera vez en un rol femenino después de haberla visto como Sesto y como Orphée. Esta cantante está llegando a la plenitud de su carrera con una voz estupenda, una técnica depurada y una interpretación teatral mucho más depurada. Su voz sonó más acontraltada que nunca (recordemos que el papel es para una contralto pero lo interpretan mezzosopranos por la escasez de las primeras) y tanto en el aspecto vocal como dramático se le vio y oyó madura y bien asentada. ¡Brava!

El reparto, en el centro la protagonista, recibe los aplausos del público

Ya había visto a Lawrence Brownlee como el Ernesto del Don Pasquale pero esta vez me decepcionó un poco y parecía mimetizarse con sus compañeros de reparto por lo que cantó muy bien su dúo de amor con la protagonista (que nadie aplaudió, por cierto, aunque fue lo mejor de la noche) pero estuvo regular en su aria del segundo acto y bastante mal en su dúo con Dandini, el maravilloso Zitto, zitto... literalmente callado, callado... en el que daba ganas de que se callaran, la verdad.

¿Y de quién se contagió Brownlee? De Florian Sempey, el Dandini de la noche. Después de una actuación magnífica en Les Huguenots, esta representación cantó muy mal. Sus agilidades sonaron ortopédicas, su vibrato estuvo descontrolado y su interpretación fue grotesca aunque no sé hasta qué punto esto último fue culpa suya o del regidor. En su primera aria, cuando canta que es como una abeja yendo de flor en flor, más parecía un elefante sentándose encima. En cualquier caso, estuvo muy mal pero fue el más aplaudido de la noche. O bien, los papeles pesados están haciendo mella en su instrumento o por su propia evolución ha perdido la frescura. En cualquier caso, el cambio se ha producido en poco tiempo porque fue el Malatesta del citado Don Pasquale y lo cantó bien.

El director y el reparto

En las raídas ropas de Don Magnifico se encontraba el veterano Alessandro Corbelli, un bajo buffo experimentado y cumplidor aunque la representación que yo vi fue la última porque tuvo que ser sustituido por otro en las siguientes funciones. Cantó bien porque tiene mucho oficio pero su papel tuvo poco de magnífico ya que además de ir vestido como un dominguero de playa, silla de lona y metal incluida, a sus años ir caminando por un suelo acolchado no es lo más recomendable.

Bastante bien el bajo Adam Plachetka con una voz bonita y un temple que le va fenomenal al papel y uno de los pocos bien vestidos de la noche. Las hermanas tontas de Cenicienta corrieron a cargo de Chiara Skerath e Isabelle Druet, mejor la primera que la segunda.

El reparto saluda

De momento, puedo decir que el palco central y sus sillas altas me pareció incómodo y muy caro para la visibilidad que se tiene. Además, el hecho de que dejen entrar gente con la función ya empezada es inadmisible en un teatro de esta categoría. Tampoco entendí muy bien las reacciones del público aplaudiendo malas actuaciones y callando ante los mejores momentos. No sé si porque estaba lleno de guiris que van por vivir la experiencia de una ópera en Garnier o porque los aficionados no tienen ni idea. Entre unas circunstancias y otras, no disfruté demasiado del espectáculo. En fin, ésta no fue mi gran noche.

 Mi entrada y el libreto


martes, 23 de octubre de 2018

Orphée et Eurydice

Tercera ópera en una semana y aún me falta otra. Estoy embalada. Y en esta ocasión ha sido de casualidad porque me enteré tarde y compré una entrada de gallinero en el último momento. Pero valió la pena.

Fachada de la Opéra Comique

Se trata de una de las óperas más influyentes de la historia por varios motivos. Por de pronto, dio inicio a una larga lista de óperas de rescate del repertorio germano y se convirtió en la primera ópera en que la música primaba sobre la poesía y la trama se simplificaba para centrar la atención del espectador en el canto. Como tantas óperas antiguas, Orfeo ed Euridice tiene varias versiones pero las más conocidas son la original italiana para contralto castrato, la francesa en la que el protagonista es un tenor contraltino y esta tercera, con arreglos de Héctor Berlioz para rol en travesti, a mayor gloria de la estrella del momento, Pauline Viardot (née Paulina García). Esta última es la versión que ha programado la Opéra Comique, un teatro en el que todavía no había estado, y que consta de cuatro actos de corta duración. La ópera dura unos 90 minutos en total así que se representa toda seguida sin entreactos.

Cartel anunciador

La noche empezó regular ya que tenía un pilar justo delante pero, por suerte, una silla se quedó vacía y el señor que se sentaba a mi lado la ocupó. Yo también me moví y pude ver el escenario completo y parte de la orquesta. Por cierto, que las butacas son bastante más cómodas que las de Garnier donde vi Bérénice: me duelen los riñones sólo de acordarme Además, gracias a mis gemelos no me perdí detalle.

Mis vistas: por suerte me moví un asiento a la izquierda
Mis gemelos

Como nunca la había oído entera estuve muy atenta a los detalles de esta música maravillosa de la transición entre el Barroco y el Neoclásico aunque hay que reconocer, que en algunas tormentas orquestales, se nota la mano de Berlioz. Los músicos del Ensemble Pygmalion son fantásticos con mención especial para algunos solistas como la flauta y el arpa. El coro pertenece al mismo grupo y también estuvo fenomenal, cantando con intensidad pero sin estridencias. Lo que me lleva a pensar que la dirección de Raphaël Pichon estuvo muy acertada. Tendría que comparar con otras grabaciones pero la orquesta sonó rica en matices y muy emotiva por momentos.


Imágenes del vestíbulo

Resulta curioso como las grandes leyendas y mitos del pasado siguen emocionando miles de años después. De hecho, la pérdida del ser amado y la necesidad de ir a buscarlo (aunque sea en un sentido metafórico) son un elemento universal y atemporal. El escenario tiene como telón de fondo una reproducción del cuadro Orfeo conduciendo a Eurídice al Infierno de Corot y un espejo enorme que refleja los movimientos de los cantantes, a veces desde atrás y otras veces desde arriba. La puesta en escena es muy bonita y sencilla pero efectista y muy trabajada. Aunque hay algún momento un poco raro, como la aparición del Amor en un aro gigante, la aparente simplicidad nos conduce directamente a las emociones y los sentimientos vividos por Orfeo en cada instante.


Imágenes del interior

El vestuario también acompaña: Orfeo apareció con un traje azul y una peluca de pelo blanco en un estilismo que recordaba un poco a Julian Assange en su época de procesos judiciales londinenses. La Eurídice resultaba un tanto insulsa con un severo conjunto blanco de chaqueta, camisa y falda larga acompañado de otra peluca blanca pero más voluminosa. El Amor llevaba un precioso vestido de fiesta en rosa empolvado con lentejuelas que no me importaría tener en mi fondo de armario. Las plañideras, ninfas y pastores, aparecen de luto pero se quitan el abrigo y vemos que, mientras ellos llevan un traje negro, ellas lucen vestidos blancos de estilo años 20. Además del vestuario, discreto pero con personalidad, la iluminación y las coreografías encajan perfectamente con la música y se da una sensación de espectáculo perfectamente cohesionado y completo.

El reparto saluda al público

La protagonista absoluta de la noche fue Marianne Crebassa, la mezzosoprano que ya vimos en La Clemenza. En esta ocasión, también interpreta un papel en travesti aunque algo mejor interpretado, menos tímida que en otras ocasiones, más intensa a nivel teatral y vocal. Su voz también ha madurado y llenaba todo el teatro: sonó redonda y completa, llena de matices y bien proyectada, densa y, en ocasiones, hasta masculina. Sus mejores momentos fueron los más dolientes y melancólicos del primer y último actos. La dulce pero triste Eurídice de Hélène Guilmette tiene una participación pequeña pero muy bonita y bastante emotiva: la cantante lo hizo muy bien con dramatismo pero sin lloriqueos. Por su parte, Lea Desandre que interpretaba el Amor tiene una voz bonita y ágil. Brave tutte!

Los protagonistas reciben los aplausos

En definitiva, fue una noche mágica. Salí encantada del teatro y casi emocionada por la delicadeza y la tristeza de la obra y por la belleza del espectáculo.

miércoles, 18 de abril de 2018

Flâner

"Errer est humain, flâner est parisien" decía Victor Hugo, gran conocedor de la ciudad de París y de la vida parisina, a pesar de haberse criado en España. Y ¿qué es flâner? Pasearse tranquilamente sin rumbo ni destino fijo o, como diríamos en España, callejear. Aunque se puede pasear sin planificar el recorrido por cualquier ciudad del mundo, sobre todo si es grande, lo de flâner es una actividad que se considera típica de París, quizá porque fue una de las primeras ciudades europeas en demoler una buena parte de su casco histórico y crear una ciudad de nueva planta con enormes avenidas arboladas, amplias aceras y edificios señoriales. De esta actividad, nació el término flâneur, el paseante. Estos señores no sólo paseaban también observaban, escuchaban, analizaban la realidad de los que había a su alrededor y la plasmaban artísticamente. Muchos importantes escritores y pintores fueron famosos paseantes parisinos. 

 



Por cierto, que flâneur es una palabra que no tiene femenino puesto que las mujeres no podían ir a pasear: se tenían que quedar en casa con la pata quebrada y, si salían a la calle, debía ser para ir de su domicilio a un sitio concreto (el mercado, la iglesia, la casa de un familiar...) y volver lo más pronto posible. Aún hoy el paseo de las mujeres y de los hombres no es igual: la sobrecarga de trabajo (laboral y doméstica) que soportan las mujeres hace que éstas tengan mucho menos tiempo libre y que, cuando van por la calle, vayan acompañadas de los niños, los ancianos o arrastrando el carrito de la compra. Además, ya hemos hablado en este blog de los problemas de acoso callejero que sufrimos las mujeres en París.


Más recientemente el gran Yves Montand cantaba "j'aime flâner sur les grands boulevards". Ciertamente la zona de Grands Boulevards es maravillosa pero ahora hay tanta gente con prisas y tantas terrazas de los diferentes restaurantes que, en lugar de pasearse, hay que esquivar a los transeúntes. Además cuando la gente camina deprisa, uno se contagia y acelera el paso aunque no tenga prisa ni vaya a ninguna parte. 

 



El París de Haussmann es precioso pero quizá no es ya el mejor lugar para flâner porque hay demasiada gente trabajando y caminando a paso acelerado, demasiados coches y muchos turistas haciendo sus compras en los grandes almacenes. Ahora es mucho más sencillo pasear sin destino y disfrutando de la belleza de la ciudad en los barrios más antiguos y tradicionales de la ciudad: el Marais, el Barrio Latino, Saint-Germain, Châtelet, Les Halles... Cada esquina es una obra de arte, se pueden encontrar todo tipo de tiendas y restaurantes por si queremos hacer una pausa y, los días que hace sol como hoy, los barrios lucen aún más bonitos que de costumbre. 


Uno de los mayores encantos de París no son sólo sus imponentes museos y monumentos sino simplemente disfrutar de la belleza urbana y del contraste de arquitecturas de las zonas más antiguas con las clásiscas del ensanche hausmanniano y con los barrios más modernos. Simplemente pasear por la orilla del Sena y ver el agua correr, los barcos pasar y los turistas hacerse fotos ya es un placer inmenso. 


Hoy es mi entrada número 400 y, si he llegado hasta este punto, es por lo mucho que me gusta caminar, aprovechar los días que hace buen tiempo (desde hace meses son muy pocos) para pasear sola o con mis amigos, visitar lugares bonitos o exposiciones importantes, acudir a espectáculos interesantes o salir a comer o tomar algo. Vaya este modesto artículo para rendir homenaje a esta ciudad que siempre tiene tesoros que descubrir.

domingo, 4 de marzo de 2018

MoMA

Mañana 5 de marzo termina en la Fundación Louis Vuitton la exposición consagrada al MoMA (Museum of Modern Art) de Nueva York. Repasando la historia de este emblemático museo de arte contemporáneo fundado en 1929, la muestra nos ofrece también un recorrido cronológico por el arte moderno. Aunque es muy popular, esta exposición no llega al éxito de público que alcanzó la última que visité, la dedicada a la colección Chtchoukine y que batió todos los récords posibles.

Así que empiezo mi artículo con el pintor con el que cerré el otro, Cézanne, el padre de la pintura moderna. Allí expuesta, nada más empezar, está su obra El Bañista, una de las más antiguas que posee el museo no sólo por su fecha de creación sino también de adquisición. Acompañado de un Picasso cubista y de un Hopper, nos da la bienvenida a la historia reciente del Arte. 

El Bañista de Cézanne

Después de esta sala introductoria nos encontramos los grandes maestros del siglo XX: Klimt, Picasso, Matisse, Calder, Magritte, Frida Khalo y muchos otros están aquí presentes pero llama especialmente la atención un cuadro: La Persistencia de la Memoria, el famoso cuadro de los relojes blandos de Dalí. Tantas veces reproducido que ahora, por fin, lo he visto a corta distancia. Y suerte que era corta porque no tenía la menor idea de su pequeño tamaño. Cuánta grandeza en una tela tan minúscula. Qué importancia la de ser un visionario, además de un gran artista. A pocos metros, otro de los cuadros más impresionantes de la colección: Autorretrato con cabello corto de Frida Khalo, el cuadro que marca el momento en que la mexicana tomó las riendas de su vida después de su separación de Diego Rivera.
La Calle de Kirchner
La Esperanza II de Klimt
Retrato de Félix Feneco de Signac
La Persistencia de la Memoria de Salvador Dalí
Autorretrato con cabello corto de Frida Khalo

Continúa el recorrido por los turbulentos años 30 europeos, las vanguardias dan un paso más allá y se comienza una tendencia divergente: por un lado, la denuncia de la realidad y, por el otro, la huida de ésta mediante la abstracción.

La Partida de Beckmann

Precisamente, a esta última está dedicada la siguiente sala. Los pintores expresionistas abstractos americanos como Pollock, O'Keeffee y Rothko son los protagonistas de esta galería.

No. 10 de Rothko
Puerta y ventana de granja de O'Keeffee

A partir de este momento, pasamos a la segunda fase de la exposición consagrada a obras posteriores a 1950 con especial relevancia del moviento pop art. Las fronteras entre las distintas disciplinas artísticas se diluyen y la libertad creadora establece las bases de una nueva concepción del arte más transversal y personal. Aquí nos encontramos algunas de las obras más famosas que posee este museo y que trascienden el arte y se convierten en iconos como así lo han hecho los cuadros de las latas de sopa de Andy Warhol o las banderas del movimiento gay o la de los derechos civiles de los negros. Aquí se encuentran también algunas de las más recientes adquisiciones del Museo que continúa ampliando sus fondos con más obras, en especial, de artistas nacionales y de otros países americanos.

Mapa de Jasper Johns
Latas de Sopa Campbell's de Andy Warhol
Sopa de cebolla Campbell's de Andy Warhol

 Bandera del movimiento gay de Gilbert Baker
Bandera afroamericana de David Hammons

Sin título (Club Scene) de Kerry James Marshall

A lo largo de sus instalaciones, la fundación nos muestra importantísimas obras de diferentes estilos y formas de expresión. Uno de los principios fundacionales del MoMA, y de otros museos de arte contemporáneo, es poner en valor el arte y la expresión artística de forma multidisciplinar de manera que, aparte de las consabidas pintura y escultura, encontramos también obras de otras artes consideradas menores como la fotografía, el cine, el cartelismo, el dibujo, la danza, la música, las intervenciones, las actuaciones en vivo e, incluso, la arquitectura. Todo ello, conforma una explicación de la realidad histórica del momento que se opone a la abstracción antes vista. No sólo estas piezas se encuadran perfectamente en el conjunto de la exposición ya que cuentan una parte de la historia sino que, además, resultan de lo más atractivas al visitante. Así, por ejemplo, uno de los puntos donde se concentran más espectadores es la proyección de un fragmento de El Acorazado Potemkin, en concreto, la famosísima escena de la escalinata. Qué gran alivio sentí al ver tanta gente concentrada delante de esta gran obra maestra y no justo detrás donde se proyectaba uno de los primeros cortos protagonizados por el ratón Mickey. En la misma sala, había una exposición de carteles propagandísticos de la época de entreguerras, incuídos varios de la Guerra Civiel española.

 
 Carteles soviéticos de Gustav Klutsis
 
 Escena de la película El Acorazado Potemkin de S.M. Eisenstein
 Carteles de la Guerra Civil Española de Jaume Solà

Un poquito más adelante, con las obras de la segunda mitad del siglo XX, vemos también proyecciones de performances de música, danza y actuaciones así como instalaciones y fragmentos y maquetas de obras de arquitectura y piezas de artesanía, los llamados artes menores. También tienen gran importancia en esta sección las obras de arte creadas gracias a las nuevas tecnologías, Especialmente popular es una sala en la que se proyecta un motete del siglo XVI de Thomas Tallis en el que 40 altavoces difunden cada una de las 40 voces cantantes. Los vistantes (oyentes, más bien) pueden pasear por la sala para apreciar el momento exacto en cada voz se incorpora a la pieza, las diferentes tesituras de las mismas y los bellos sonidos que se forman al concertarse todas ellas. 

 Fragmento de la fachada de la sede de las Naciones Unidas
 Guitarra eléctrica Fender Stratocaster
 Sin título de Félix González-Torres
Por supuesto, las obras también se acompañan de documentos, fotografías y recortes de prensa en que nos explican el nacimiento y desarrollo del Museo. Dan ganas de volar a Nueva York y conocer más de este museo.
 Imagen de la exposición dedicada a Picasso en 1980

viernes, 23 de febrero de 2018

Macbeth en el Odéon

Hasta el 10 de marzo, se está representando en el teatro Odéon una nueva versión de Macbeth de William Shakespeare con puesta en escena y dramaturgia de Stéphane Braunschweig y una nueva traducción a cargo del propio Braunschweig y Daniel Loayza. Era la primera vez que yo visitaba este teatro situado entre los Jardines de Luxemburgo y el Boulevard Saint Germain. Se trata de uno de los escenarios más importantes de París y de toda Francia, de hecho, es uno de los seis teatros nacionales que hay en todo el país.

 Los actores reciben el aplauso del público

Nada más entrar lo que me llamó la atención fue que el bar estaba lleno y los precios de la comida y la bebida eran bastante ajustados. Había mucha gente joven y el teatro estaba casi lleno. Los asientos son muy cómodos así que pasé una noche muy agradable. No hay nada peor que ir al teatro y recordar la velada por un dolor de espalda.
 Teatro del Odéon

Aunque Macbeth es una obra clásica, uno de los grandes hitos de la literatura universal, se trata de una versión nueva. O eso pretende. La mayor parte de la obra transcurre en un escenario de baldosas blancas como un matadero donde se derramará la sangre. Es la enésima producción teatral que se desarrolla en un espacio de baldosas blancas así que de novedoso tiene poco pero, al menos en ésta, no se oye el repiqueteo de los tacones al andar los actores. Así pues, esta puesta en escena tiene poco de novedosa pero mucho de fea, como si el dramatismo y las bajas pasiones sólo nos pudiera llegar a través de la fealdad. En mi humilde opinión, creo que es todo lo contrario: la maldad hay que subrayarla con un plus de belleza, es decir, la maldad tiene que ser más atractiva que la bondad, sino todo el mundo sería bueno y no tendríamos historias interesantes que contar.

Al no haber visto nunca esta obra en francés, no puedo juzgar el nuevo lenguaje de la obra aunque la verdad es que sonaba muy actual e informal. Me llamó la atención la curiosa pronunciación de Macbeth (Macbez) aunque sólo es un detalle.

 Mi entrada

Mientras la guerra se muestra en el espacio blanco y aséptico con litros de líquido rojo, los miembros de la Corte están en una estancia palaciega pseudoversallesca y comen y beben con total tranquilidad.

Uno de los puntos álgidos de la obra es la aparición de Lady Macbeth, el personaje más complejo y quien provoca la acción que derivará en tragedia. La actriz que la representa tenía la voz ronca y, aunque su interpretación fue buena, esa voz me chirriaba un poco: yo creo que no es su voz natural sino que está impostada para remarcar la maldad. Volvemos al concepto del que he hablado antes: la Lady tiene que ser seductora y convincente, es decir, debe verse y oírse atractiva, no con voz cazallera. Comprendo que no todas las Ladys pueden ser como ésta, pero algo más de sutileza en la voz habría venido bien. 
 
 Palcos y balcones

Volviendo a la dramaturgia, las interpretaciones están bastante bien en general, tanto que el público se mete en la historia, a pesar de ver gente con traje y corbata en lugar de caballeros medievales hasta que, lástima, en el momento álgido aparece un borracho y se pone a hablar del Brexit. El efecto son carcajadas del público, pérdida del dramatismo y del hilo de la historia que, por desgracia, ya no se recupera más que en momentos puntuales. Como ejemplo, valga decir que hay risas en la confesión de Macbeth, en el momento del asesinato de la familia de Macduff (bebé incluido) o cuando se le anuncia a Macbeth la muerte de su esposa, la reina. El protagonista se pasa una buena parte de la obra descalzo (un efecto otra vez mil veces visto) y la gente se ríe en sus intervenciones, no porque el actor lo haga mal, sino porque no hay ninguna relación entre lo que vemos y lo que oímos.

Por otro lado, el abuso de la estética gore también causa varios momentos que resultaban risibles en lugar de fantasmagóricos. La parte mágica o esotérica de la obra queda sepultada por litros de sangre falsa y gritos de partos porque aquí las brujas paren y de una forma muy gore y folletinesca, como en las malas series de televisión o los telefilmes de sobremesa.

 El espectáculo va a empezar

Por suerte, el actor que hace de Macduff , Jean-Philippe Vidal, lo interpreta muy bien y nos devuelve la magia del teatro que es hacer sentir emociones. Ante la invitación a la venganza por el asesinato de toda su familia ("debéis vengaros como un hombre"), el pobre responde con intensa pero contenida emoción "dejadme también resentirlo como un hombre" y encima pronuncia bien Macbeth.

Si la aparición del fantasma del rey asesinado ya es bastante sanguinolenta, al final de la representación volvemos a los excesos gore y se nos presenta la cabeza de Macbeth cortada en una escena que nos recuerda las espeluznantes prácticas del Estado Islámico que vemos en los informativos. Si este detalle ya resta dramatismo, la aparición del nuevo rey (hijo de Duncan, el rey asesinado por Macbeth) se parece físicamente y habla exactamente igual que Macron. Ahí la que no pudo contener la risa fui yo. Y decepción personal mía, ¿dónde estaba Hécate? No aparece en toda la obra. El personaje que yo interpreté en una función resumida e infantilizada del colegio ni está ni se le espera. Mejor así. No quiero ni imaginar lo que le habría podido pasar en esta representación a mi bruja adorada.

Frescos de la cúpula

En fin, en resumidas cuentas, buen trabajo actoral pero la impresión de que no sé qué es lo que he visto. Los escenógrafos nos toman por tontos. Me explicaré: como las grandes obras tratan temas universales y atemporales, creen que se pueden transportar a la actualidad o a un medio aséptico para entenderlas mejor. Por mi parte, creo que los espectadores somos lo bastante inteligentes para comprender estos conceptos dentro de la historia. Y, por otro lado, aunque los temas, las emociones y las pasiones sean universales y atemporales, las historias no lo son. Podemos entender la ambición de poder, la manipulación, la lucha de clanes y otros temas tratados en Macbeth sin Macbeth, pero ¿debemos? Aunque los conceptos estén ahí, Shakespeare decidió presentarlos en un envoltorio determinado, ¿por qué eliminarlo? Es verdad que los conceptos se entienden sin la historia pero no al revés. En una obra de teatro, sabemos que hay unos actores que no sienten lo que vemos sino que lo interpretan, es decir, el espectador decide creerse lo que ve a sabiendas de que es falso pero, paradójicamente, esa obra tiene que mostrar la verdad. Si la diseccionamos y despedazamos como en una autopsia se pierde esa verdad. En primer lugar, cuesta meterse en la historia si la aíslan de su contexto y, segundo, los espectadores queremos ir a ver una obra no un tratado filosófico declamado en un escenario.

No me puedo quitar de la cabeza el sabor agridulce que me dejó esta obra.