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sábado, 23 de diciembre de 2017

Feliz Navidad

Para todos los que leéis este blog, os deseo una Feliz Navidad y un año 2018 maravilloso.

Y qué mejor que hacerlo con dos obras que representan el nacimiento de Jesús. Se trata de dos preciosas pinturas de la Escuela de Florencia expuestas en el Louvre. Es una lástima que todo el ala dedicada a la pintura italiana pase desapercibida para los turistas que sólo se interesan por la famosa Gioconda. Al entrar en esta zona, nos reciben las obras tardomedievales, verdaderos ejemplos de cómo los artistas italianos se adelantaron varios siglos a sus contemporáneos de otros lugares en técnica y maestría. Aquí hay varias obras maravillosas de la Escuela de Siena y de la Escuela de Florencia. Estas corrientes pictóricas, en las que el colorido y el estudio de la perspectiva avanzan ya las primeras obras del Renacimiento, me enternecen por la languidez de sus figuras, las delicadas proporciones y la aparición de ángeles de forma súbita y mágica, casi como si se tratara de un cómic. Aunque la mayor parte de los temas son religiosos, el tratamiento de los personajes, la disposición de la acción y la inclusión de elementos profanos humanizan las escenas y les confieren un aire ingenuo y fresco. El uso del color, con gran profusión de azules, dorados y rojos, colores todos ellos muy caros de producir por las materias primas necesarias en la época, denota que nos encontramos con obras de alto presupuesto, concebidas como partes de retablos mucho más grandes que, por circunstancias, ahora se encuentran separados. Quizá por este motivo, destacan mucho más las escenas concretas, el minucioso dibujo y la delicadeza del conjunto de las pinturas.

Con estas obras maestras, tan espirituales y humanas a la vez, os deseo Felices Fiestas.

 Arriba, la Natividad de Fra Diamante. Abajo, la Natividad y la Adoración de di Franco di Piero



martes, 25 de abril de 2017

Valentin de Boulogne: más allá de Caravaggio

Junto con la maravillosa exposición de Vermeer y los pintores costumbristas, el Louvre nos da una propina que no todo el mundo aprovecha, otra muestra mucho menos popular dedicada al pintor tenebrista Valentin de Bologne, la primera retrospectiva que se le dedica en Francia, su país natal.

Tras las enormes colas y la incomodidad de ver cuadritos muy pequeños rodeada de gente de la exposición holandesa, muchos visitantes salen del recinto sin haber entrado en esta otra exhibición temporal, menos mediática e interesante que la anterior. No por ello los organizadores han sido menos ambiciosos, comenzando por el título: Reinventando Caravaggio. ¿Se puede ir más allá de Caravaggio, uno de los mejores pintores de la historia? ¿Se puede reinventar un estilo tan personal, tan sórdido y tan polémico?

Sí, Valentin se vio influido por el maestro milanés en el estilo tenebrista, los temas elegidos, la fuerza expresiva de sus personajes y la crudeza de sus imágenes pero no creo que sus aportaciones fueran más reseñables o innovadoras en la pintura barroca italiana que las de otros contemporáneos. Aunque sí se le puede considerar un digno heredero, casi émulo, y el mejor de los caravaggistas franceses. Su dominio del claroscuro, sus escenas de la vida callejera, los gestos de sus personajes y la dureza de las escenas representadas, sin duda, son muy caravaggiescas pero hay diferencias entre el arte de Valentin y el de Michelangelo Marisi. Las imágenes del francés son algo menos descarnadas y están encuadradas de una forma más clásica y menos rupturista. Así que más que reinventar, lo que hace es domesticar el estilo salvaje del momento.

Cartel de la exposición

Esta exposición nos ofrece un recorrido cronológico alrededor de tres temas. El primero de ellos son los bajos fondos: jugadores de cartas y de dados, quiromantes, zíngaros... De ahí pasamos a la pintura bíblica con bastantes escenas de la vida de Jesús como La Pasión de Cristo, La Última Cena, Jesús con la Adúltera, Jesús expulsando a los mercaderes del templo y otros. Aunque también hay retratos de los Evangelistas y otras obras de escenas del Antiguo Testamento. En estas últimas, vemos que la nobleza viene en rasgos infantiles ya que los personajes de Salomón, Daniel y David son representados como adolescentes. No es el único caso de elevación moral de la niñez ya que el Barroco era también la época de los castrati, adultos que tenían voz infantil debido a la mutilación que sufrían antes de su desarrollo y que solían ser los protagonistas de óperas en que representaban papeles de dioses, héroes o reyes mitológicos.

La carrera de Valentin vivió un importante avance en 1627, momento en que empezó a recibir los encargos de la familia del Papa Urbano VIII, a través del sobrino de éste, el cardenal Francesco Barberini, que se materializarían en cuadros de temática bíblica, alegorías patrióticas y vidas y martirios de santos. Así vemos dos obras del tema de Judith, una Alegoría de Italia, La Coronación de espinas y El Martirio de san Proceso y san Martiniano

Para el visitante, resulta difícil saber qué busca la exposición puesto que no hay folletos explicativos (tampoco en la del Siglo de Oro holandés) pero, a diferencia de ésta, tampoco hay mucha información en la página web del Museo. Hay que acceder a los comunicados de prensa para conocer de primera mano la intención de esta exposición. En cualquier caso, hay que aprovechar para visitarla y el contraste con la muestra de los maestros neerlandeses resulta muy interesante.

miércoles, 19 de abril de 2017

Vermeer y los pintores de género

La exposición temporal que se celebra estos días en el Museo del Louvre está siendo todo un éxito de asistencia. No es para menos: se exponen en ella obras que en pocas ocasiones salen de sus colecciones habituales en diferentes lugares de Estados Unidos, Gran Bretaña o Países Bajos. Dado el gran interés despertado, el Louvre sólo permite la entrada a los visitantes que han reservado previamente a través de internet, algo que yo nunca había visto en este Museo. Pero la organización no parece haber previsto tanto público y la página web funciona de pena. Parece mentira en el museo más visitado del mundo. Por otro lado, la visita tampoco resulta cómoda: hay tanta gente que es difícil ver los cuadros que además son muy pequeños. Todo lo anterior ha causado tantos problemas, que el Museo se ha puesto manos a la obra para arreglar los problemas y que la exposición se pueda visitar, hasta su clausura el 22 de mayo, sin tantas incidencias. Además, recomiendan realizar la visita en los horarios nocturnos, es decir, miércoles y viernes, que es lo que hice yo.

Cartel que reproduce La Lechera. No se permiten hacer fotos de la exposición.

¿Y cuál es esta exposición temporal que despierta tanto interés en un Museo tan lleno de obras de arte que resulta inabarcable? Se trata de Vermeer y los pintores de género, una breve pero interesante confrontación de obras del maestro Vermeer con algunos pintores contemporáneos como Gerard Dou, Gerard Ter Borch, Jan Steen, Pieter de Hoch, Gabriel Metsu, Caspar Netscher, Frans Van Mieris y otros. Aquí un pequeño recorrido. Conocido como la Esfinge de Delft por el supuesto aislamiento en que vivía, de Vermeer se sabe que sólo pintaba por encargo, que era protestante pero se casó con una mujer católica con la que tuvo más de 10 hijos y que falleció joven y endeudado. La muestra que nos ocupa viene a romper esa presunta reclusión del artista al oponer sus obras con las de los otros pintores coetáneos para generar un debate tan antiguo como el arte: no sabemos si es influencia, copia, imitación, homenaje, creación de escuela o estilo, petición de los clientes de tener obras à la Vermeer...

Para entender las obras aquí expuestas, hay que conocer un poco la época y el lugar en que se pintaron. Las ciudades holandesas vivieron un gran momento de esplendor en el siglo XVII llamado el Siglo de Oro neerlandés: la relativa paz social y el desarrollo del comercio internacional generó una pujante sociedad burguesa y una clase social de comerciantes acomodada y culta pero sobria. Estos burgueses deseaban reflejar su vida y sus costumbres en cuadros que luego podían mostrar a sus invitados como ejemplo de buen gusto y refinamiento. En ellos, aparecen uno o varios personajes en escenas cotidianas, en actitudes cercanas pero dignas con discreto mobiliario en segundo plano. Desconocemos las identidades de los protagonistas pero pueden ser sus mismos clientes o modelos profesionales y, en algunos casos, se repiten: la chica del collar de perlas y la chica de la carta son la misma persona y además vestida con la misma ropa.

Delicada porcelana de Delft, muy apreciada por las clases acomodadas neerlandesas. Los pigmentos azules son los mismos que empleaba Vermeer en sus cuadros.

Las obras que podemos observar a lo largo del recorrido son escenas costumbristas o de género de lo más variadas: en ellas vemos personajes en todo tipo de actividades desde actos intelectuales, como leer o escribir cartas o tocar instrumentos musicales, a otros más manuales como los trabajos domésticos de La Bordadora (un cuadro pequeñísimo) o La Lechera o Joven cosiendo de Nicolaes Maes, cuadro que está pintado directamente sobre madera, sin lienzo. También momentos de interacción social como chicas que reciben la visita de chicos interesados en ellas tal que Visita inoportuna o Visita del pretendiente. Aparecen algunos temas más frívolos, por ejemplo, los afrodisíacos y otros muy serios como la ciencia: la apertura de Holanda al mundo queda reflejada en los cuadros El Astrónomo y El Geógrafo, en los que el científico que está estudiando luce una bata de casa que se asemeja a un kimono. Lo oriental empezaba a estar de moda. Sólo hay un cuadro en todo el recorrido en el que no hay presencia humana: Interior Holandés de Samuel van Hoogstraten donde vemos la entrada a un edificio y unas pantuflas en primer plano. Y, para finalizar, nos encontramos con la etapa manierista de este estilo y un cuadro de Vermeer que nada tiene que ver con lo visto anteriormente: se trata de Alegoría de la Fe católica, lo que nos lleva a pensar si Vermeer no se volvió católico en algún momento de su vida. Salvo por la incomodidad de intentar observar cuadros de muy pequeño tamaño en unas salas tan concurridas, la exposición es maravillosa y uno de los eventos imperdibles de la temporada.

La muchacha se dispone a preparar unas torrijas, muy propias de estas fiestas que acabamos de terminar

Las obras son de pequeño tamaño, algunas minúsculas, con colores cálidos y mucha luz. Nos muestran personas jóvenes y alegres en su vida cotidiana en un estilo de preciosismo miniaturista, como si los autores fueran herederos de la escuela gótica flamenca, y la calidez de los colores y la veladura gruesa, precursores del Barroco holandés. Estos pintores serían pues el enlace entre estas dos etapas del arte neerlandés. Ciertamente, la influencia o importancia de Vermeer en los demás pintores de su generación fue notable: desde la colocación de los personajes hasta los temas pasando por el dibujo y los contrastes de claroscuros. Pero ninguno de ellos puede igualar al maestro en el tratamiento de la luz, el uso sutil del color y las veladuras. Y es que Vermeer sólo hubo uno. Por lo visto, para obtener esos colores, el pintor molía muy poco los pigmentos con los que fabricaba su pintura (sí, antiguamente los pintores o sus discípulos creaban sus propias pinturas, no las compraban en la sección de manualidades de los grandes almacenes), de manera que, ésta tenía mayor proporción de aceite por lo que quedaba más pastosa y su índice de refracción de la luz era más alto. Después, aplicaba otra capa más fina y menos colorida, la veladura, lo que le daba más luminosidad al cuadro. A veces, Vermeer también empleaba polvos de algún mineral que añadía a la veladura para darle un reflejo aún más cristalino. Todo esto, unido a la pincelada pequeña y pulcra casi sin volumen, crea unos cuadros difuminados pero llenos de luz muy personales y perfectamente reconocibles.

La Lechera en su versión Playmobil

A la salida de la exposición seguimos sin hallar respuesta a la duda que he planteado antes. Si bien es innegable la influencia de Vermeer en la creación de un estilo, yo no sé hasta qué punto podemos hablar de intercambio entre los demás artistas y de estos con Vermeer. De haber habido verdadera cooperación e intercambio de ideas, no serían tan claras las diferencias técnicas entre Vermeer y los otros, perfectamente apreciables a simple vista. Lo de reproducir las mismas escenas así como la misma disposición de personajes y objetos, parece más una copia, una emulación o un estilo manierista (pintar a la manera de...) que una verdadera escuela. Y más en esta exposición donde los cuadros de misma temática se exponen juntos para ver las diferencias o similitudes entre ellos. Aunque los organizadores de la exposición la han planteado desde esta perspectiva de la cooperación, yo no la veo nada clara. Me parece más literatura para vender la muestra que una base sólida de estudio. Si queréis la versión oficial de la exposición, la encontraréis aquí. Mi opinión, os la acabo de dar.

domingo, 3 de mayo de 2015

Las salas vacías

Por muchas visitas que hago a museos y lugares de interés, siempre hay algo que me sorprende y, muchas veces, no tiene nada que ver con las obras ni los monumentos sino con la gente que los visita. Es incomprensible acudir al Museo del Louvre, tener que esperar cerca de una hora para entrar, debido a la enorme cola de visitantes, y después encontrarse que la mitad del Museo está vacía.

Inmensa cola para entrar

Hay que ver el lado positivo, pude contemplar las obras como si el palacio fuera mío, como si fuera una colección privada. Además, al no haber apenas jaleo de visitantes, los trabajadores se aburren y agradecen que los escasos visitantes les hagan preguntas y comentarios sobre las obras y el museo. Por momentos, me sentía como los antiguos reyes de Francia que vivían en este palacio rodeados de grandes obras de arte.

Aquí las salas de escultura medieval del norte de Europa. Estuve un cuarto de hora en esta zona y me crucé con sólo seis personas.



Aquí las salas de arte flamenco, del norte de Europa y algunas salas de arte francés. Una ala entera y enorme del Museo en la que me encontré con poquísima gente, unas veinte personas a lo largo de una hora.








Lo más sorprendente es que también hay salas vacías en la zona del antiguo Egipto, lo que me parece increíble porque es uno de los lugares más interesantes del Museo. Mi visita duró cerca de una hora y no me crucé con más de treinta personas.





Y aquí las salas de arte oriental: Babilonia, Fenicia, Asiria, Persia... Parece que las grandes civilizaciones no despiertan mucho interés.








¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué hacen? ¿Se pierden? ¿Se los traga el museo? ¿Salen del museo sin apenas haber visto nada? No lo sé pero es todo muy raro. Por las mañanas aún se pueden ver grupos pero, en cuanto llegan las 12:00, el número de visitantes cae drásticamente. Como es lógico, por las tardes baja tanto más cuanto más se acerca la hora de cierre. Si vuestra visita a París es de corta duración, mi consejo es visitar el Louvre los miércoles y viernes, es decir, los días que cierra más tarde: de esta manera, durante el día se puede ver París, sus monumentos y dar paseos por las zonas más bonitas para, al caer la tarde, aprovechar la visita al Museo, que ya ha sido abandonado por grupos grandes organizados. Esta opción es especialmente interesante en invierno, cuando los días son más cortos, y también en los meses de verano en que hay muchos más visitantes.

Por pura cabezonería, intenté buscar dónde estaba la gente. La respuesta es fácil: las salas de arte italiano, sobre todo, la de la Gioconda. Al entrar en la sala de la Mona Lisa, me sentí como en un concierto de rock de tanta gente apiñada que había. También hay altas concentraciones de personas en las zonas de arte griego y romano pero nada comparado con el embrujo de la sonrisa de la dama italiana.



jueves, 23 de abril de 2015

La historia medieval del Louvre

De las tres entradas que tiene el Louvre debajo de la Pirámide, la última vez decidí entrar por el ala Sully. Así, antes de comenzar el repaso a las salas de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, podía ver los cimientos del castillo que un día fue. Y menuda sorpresa me llevé... Resulta que han tenido la infeliz idea de añadir unos carteles de neón en los muros de sillar del sótano. La verdad es que no pegan ni con cola unas luces de neón que reproducen frases absurdas en unas piedras medievales. Además, las luces en la mayor parte de los museos son poco potentes para no dañar las obras. Aquí, no hay obras expuestas pero, igualmente, los focos no dan demasiada luz, de manera que no entiendo el motivo de estos rótulos. Aparte que los neones llevan más de veinte años pasados de moda, los letreros están un poco bajos asi que ciegan bastante al pasar junto a ellos. Y las fotos quedan fatal como se puede ver. Ni siquiera la de la maqueta del palacio ha quedado bonita.







viernes, 3 de abril de 2015

Retrato de un gentilhombre sevillano

La zona más visitada del Louvre es el ala Denon dedicada a los maestros de la pintura italiana y española, entre otras. Una vez pasada la vorágine de visitantes que se agolpan en el área italiana y, sobre todo, en la sala de la Gioconda, llegamos a otra gran sala mucho más vacía pero también interesante ocupada por obras italianas y españolas. Cuadros de Goya, Velázquez, Ribera... y un Murillo muy especial. Más allá de sus cursis Inmaculadas y pícaros, Bartolomé Esteban Murillo pintó el retrato de Íñigo Melchor Fernández de Velasco, duque de Frías, conde de Haro, condestable de Castilla y gobernador de los Países Bajos, conocido como Retrato de un gentilhombre sevillano. La contención y elegancia del cuadro llaman la atención comparadas con las obras tenebristas que están a su alrededor. 
 
Se trata de un retrato de cuerpo entero. El hombre está de pie. Lleva los guantes en una mano y el sombrero en la otra. Su traje es de seda negra; la camisa blanca de mangas plisadas con los ribetes en negro; la gorguera y los botones, de terciopelo; las calzas atadas con grandes lazos; la capa corta, de verano; el sable en el flanco; la melena negra, larga y suelta; la mirada, penetrante y directa. No se sabe cuándo pintó Murillo este cuadro, ni siquiera, si el modelo es quien creemos que es. Parece que el hombre ahí retratado intenta decirnos algo.

Si pudiera hablar....

El cuadro de la polémica
 
No se sabe mucho de la historia del retrato en sus dos primeros siglos. Lo que sí se conoce es que a principios del siglo XX pertenecía a la marquesa de Conyngham pero, a finales de los años treinta, sus dueños eran la familia francesa de Canson. De hecho, su última propietaria legal conocida, Suzanne de Canson, falleció en 1986, a los 76 años de edad pero, un año antes, la casa de subastas Christie's había puesto a la venta este cuadro en su sucursal de Ginebra. El Louvre lo adquirió por cinco millones de francos. 
 
Parece un asunto muy normal pero no lo es. El cuadro no fue puesto a la venta por su legítima propietaria sino por su dama de compañía, Joëlle Pesnel, quien recibió el pago en una cuenta de un banco suizo. Además, unos años antes, en 1.981, el Museo del Louvre ya se había puesto en contacto con la señora de Canson con intención de comprarle el cuadro. En conclusión, el Louvre conocía la identidad de la verdadera propietaria y que el cuadro se hallaba en territorio francés. No obstante, el Museo formalizó la compra-venta con una tercera persona y en Suiza, es decir, a sabiendas de que el cuadro había salido ilegalmente de Francia. El propio ministro de Cultura de entonces, el controvertido Jack Lang, confirmó la transacción por escrito a la señora Pesnel.

Todo iba bien hasta que la hermana de la señora de Canson, Jeanne Deschamps se enteró de la adquisición del cuadro por parte del Louvre y de que su hermana, con la que llevaba 40 años sin hablarse, había fallecido. Las dos hermanas no tenían contacto entre sí desde que Suzanne se fugó de su casa el día en que estaba previsto que celebrara su matrimonio, concertado, con un primo. Pero no huyó sola: le acompañó el ama de llaves de su familia con la que mantenía una relación amorosa y con la que luego convivió durante treinta años. 
 
A partir de ahí, la señora Deschamps, única familiar y por tanto heredera de su hermana, empezó una batalla legal contra Joëlle Pesnel y quienes gestionaron la compra-venta del Retrato de un gentilhombre sevillano. Acusó a Pesnel de secuestrar y maltratar a su hermana con la intención de apoderarse de sus bienes y de venderlos ilegalmente. Un tribunal le dio la razón en la primera parte del asunto ya que Pesnel fue condenada en 1.992 a 13 años de cárcel por secuestro y malos tratos. Por contra, el abogado que intermedió entre ella y el Louvre y el conservador del museo que se encargó de la adquisición no fueron ni siquiera procesados; al contrario, éste último, Pierre Rosenberg llegó a ser presidente del Louvre pocos años después. El asunto se convirtió en un escándalo ya que se mezclaron en él los ingredientes de un culebrón: abusos y maltrato, juicios, relaciones familiares tormentosas, historias de amor rocambolescas, titulares escabrosos de la prensa sensacionalista, apropiaciones indebidas, ventas ilegales y un aprovechamiento ílicito por parte del Louvre de la situación. El cuadro se convirtió en uno de los más odiados por el estamento cultural francés y en un quebradero de cabeza para el ministro Lang y la directiva del Museo. Por supuesto, Deschamps y su hijo amenazaron con nuevas demandas y procesos judiciales pero, veinte años después, el cuadro continúa expuesto en la sala 26 del ala Denon del Louvre.