No me gusta demasiado hacer resúmenes del año porque ya bastante pienso en los problemas cuando me tengo que enfrentar a ellos, como para pensar nuevamente una vez que los he solucionado. No me va nada mal y este 2016 ha tenido importantes éxitos para mí, entre los que destaca haber conseguido un buen trabajo, bien pagado, pero que se lleva todo mi tiempo y dedicación. El futuro no pinta mal a nivel individual pero, como ciudadana del mundo, me preocupa muchísimo la situación internacional y la francesa, en particular. Leí hace poco este brillante
artículo y la verdad es que no tengo nada más que añadir. El 2016 ha sido un año nefasto en lo relativo a política internacional y el 2017 amenaza con ser parecido o peor. Aquí en Francia, se celebrarán las elecciones presidenciales el próximo mayo y Marine Le Pen, la candidata del ultraderechista Frente Nacional, pasará con toda probabilidad a la segunda vuelta.
Charlie Hebdo lo tiene claro: el 2016 nos ha traido unos regalos de mierda
El discurso antieuropeísta y xenófobo de su partido está plenamente
asentado en una gran parte de la sociedad francesa. Resulta curioso
escuchar a personas de la tercera edad hablando de la Unión Europea como
si se tratara de un lastre para Francia y se preguntan qué les ha traído
de positivo Europa durante todos estos años. Está claro que los
políticos han hecho una lamentable labor pedagógica ya que Francia ha
sido, desde el inicio del antiguo mercado común europeo, el país más
beneficiado a nivel económico. Su situación central en el mapa de la
Unión lo convertía en el eje en torno al cual giraban todas las
decisiones y muchas de las actividades económicas. Además fue el país
que impulsó la creación de este mercado único europeo y ha sido, durante
décadas, quien más fomentó la construcción europea gracias a sus
omnipotentes presidentes, Mitterrand y Chirac principalmente. Sólo a
partir de la llegada del €URO y la incorporación de los países del Este a
la Unión, Alemania empezó a comer terreno a nivel económico, gracias a
la pujanza de su industria tecnológica y automovilística y a dejar de
ser terreno fronterizo de la Unión para pasar a ser el nuevo centro
geográfico.
Otro elemento importante del discurso
nacionalista es la xenofobia. Aunque Marine Le Pen es muy inteligente y
ha dejado de lado el racismo de la ideología original del partido,
todavía conserva el rechazo a los extranjeros que ha calado dentro de la
sociedad francesa, hasta hace unos años una de las más abiertas y
acogedoras de Europa. El discurso racista empezó a normalizarse en la
esfera pública gracias a Sarkozy que centró en exceso el debate en la
religión y en el origen católico de la identidad francesa, paradójico
mensaje cuando él se autoproclamaba el adalid del laicismo. El
terrorismo islamista también ha hecho trizas la sana convivencia
pacífica entre personas de diferentes religiones y, aún peor, ha hecho
creer que la amenaza viene de fuera cuando resulta que los que atentaron
en Francia y Bélgica eran franceses y belgas.
También ha
calado el discurso de que los extranjeros vienen a Francia a
aprovecharse de sus servicios sociales: no conozco a esos extranjeros
que reciben ayudas pero conozco a decenas de españoles, italianos,
portugueses, hispanoamericanos y otros extranjeros y de ellos, sólo uno,
tiene una pequeña ayuda para el alquiler. Del resto, nadie tiene ayudas
ni prestaciones de ningún tipo. Además, en Francia es complicadísimo
obtener la tarjeta de la seguridad social por lo que mientras no se
tenga, al menos, el número provisional no se tiene derecho ni al
reembolso del médico (los médicos son privados y la SS nos paga una
parte de la visita), ni a coger una baja laboral ni a obtener la
prestación de desempleo. Una vez obtenido el número provisional, ya se
forma parte de la seguridad social pero la mayoría de mutuas no lo
aceptan de manera que éstas no reembolsan su parte correspondiente a
visitas médicas y bajas laborales. En cambio, desde el primer minuto yo
estoy sufriendo los cargos sociales que supone que, cada mes, mi empresa
me retiene entre un 25% y un 33% de mi salario del cual sólo una
pequeña parte es mi cotización a la jubilación y las aportaciones a la
mutua. El resto está destinado a mantener el mastodóntico servicio
social francés del que algunos espabilados usan y abusan. Esta situación
provoca un enorme malestar en los franceses honrados y trabajadores que
ven cómo una parte del salario que van a ganar a lo largo de su vida
servirá para mantener cientos de miles de vagos que ni trabajan ni
estudian ni tienen voluntad de hacerlo. Esto, además de lastrar la
economía nacional, tiene consecuencias terribles a nivel social. ¿Qué
hacen todas esas personas que no trabajan? Uno puede estar desempleado y
pasar un tiempo sin trabajar pero, aquí en Francia, hay gente que no se
lo plantea siquiera. ¿Qué hacen? Pues en general, molestar. Ya dice el
refrán que la mente ociosa es el patio donde juega el diablo. Ya me ha
pasado de estar en mi antiguo trabajo, que era un servicio de recepción,
y tener que aguantar a esta gente que venía a hacer mil preguntas
(generalmente para no pagar) y después se iban sin haber entrado y
habiéndome hecho perder le tiempo. Son gente que vive en pisos de
alquiler social por los que pagan poquísimo, reciben una prestación
económica cada mes, tienen ayudas para el transporte, para acceder a
préstamos y productos de ahorro bonificados... hasta para irse de
vacaciones.
Eso sí, cuando yo hablo de este tema con
franceses de cierta edad, ellos insisten en que son los extranjeros los
que se aprovechan de este sistema. Les comento que ningún extranjero que
yo conozco recibe tales ayudas y se corrigen: no, no hablamos de
españoles o gente así, hablamos de
migrants. Parecido ocurre con
algunos franceses más jóvenes que no quieren más extranjeros y que, al
recordarles que su interlocutor es español, responden: no, vosotros no,
los otros extranjeros. Parece ser que si el extranjero es europeo,
blanco y católico no es un extranjero de verdad. Volvemos a la identidad
cultural de la que hablaba Sarkozy. De hecho, algunos franceses
confiesan que prefieren a ciertos extranjeros que a ciertos franceses.
Lógicamente, todo esto no es más que demagogia: resulta mucho más fácil
identificar y señalar al extranjero que ir mirando a todos los franceses
uno por uno para ver quién es un peligro social o quién abusa del
sistema.
Como he dicho antes, me preocupa que el mensaje
del Frente Nacional haya calado tan hondo en la sociedad que
prácticamente nadie lo discute. Han convertido la mentira en una verdad: es la era de la post-verdad. Con sinceridad, espero y deseo que este partido no nos dé un susto en
mayo y Le Pen no pase a la segunda ronda. En cualquier caso, esto
dependerá de quién es el candidato elegido por el Partido socialista en
las primarias que se celebrarán próximamente.
En todo caso, esperemos que el 2017 nos traiga coraje, fuerza, ilusión y sentido común. ¡Feliz año nuevo!
Pintada encontrada en el Marais