jueves, 9 de febrero de 2017

La Flauta Mágica en la Bastilla

Hoy publico mi entrada número 300 en este blog. Me parece increíble haber llegado hasta aquí y creo que merece una celebración. Como hace poco fue mi cumpleaños, me di el capricho de ir a la ópera a ver una de las más famosas y representadas del mundo: La flauta mágica. En realidad, no es una ópera sino un singspiel, un tipo de obra de teatro musical alemán. Esto no significa que sea una obra menor; al contrario, hay pasajes en los que se exige un enorme virtuosismo vocal y los números conjuntos o concertantes son muy numerosos, como siempre en Mozart. La trama es un lío macabeo difícilmente comprensible: una fábula en la que se mezclan elementos fantásticos, historias de amor, la eterna lucha entre el Bien y el Mal y simbología masona porque tanto el compositor Mozart como el libretista Schikaneder pertenecían a una logia masónica. Hasta el programa de mano habla de extravagancias, situaciones sin pies ni cabeza, desafíos al sentido común y un final en el que los personajes se reencuentran de una manera que "sólo Dios y Mozart comprenden".

El programa 

La puesta en escena a cargo de Robert Carsen es ya un clásico de la Ópera de París. Fue estrenada en Baden-Baden en 2013 y representada al año siguiente en Bastilla por primera vez. Si debo ser sincera, este montaje me dejó un poco fría. Ante las extravangancias e idas de olla de muchos directores de escena actuales, aquí se presenta la obra dentro de un minimalismo extremo y paradójico con lo que es esta ópera, una de las pocas que permite un derroche de fantasía e imaginación y que no tiene referencias históricas ni locales. No sé si es espíritu de contradicción, ganas de llamar la atención o innovación mal entendida. Empieza la acción con un prado verde en el que hay unas fosas como si fuera un cementerio. La aparición de un montón de personajes completamente vestidos de negro, velos incluidos, no nos aleja de esta imagen fúnebre. Por si quedaba alguna duda, en uno de los pasajes de la obra Tamino y Papageno están en una cripta llena de féretros y aparece Papagena a la que han envejido tanto que la han convertido en una momia. Parece ser que el tema de que los personajes aparezcan cubiertos por un velo fue inspirado por el cuadro Los Amantes de Magritte. Por el contrario, Tamino lleva un traje blanquísimo y fuertemente iluminado que me recordó un concierto de Peter Gabriel. Pamina también lleva un vestido blanco inmaculado y Papageno ya no es un pájaro humanoide sino que es un mochilero con nevera portátil y todo.


 Escenario, foso y parte de la platea

Pero ahora vamos a lo importante: las voces. Los más aplaudidos como suele ser habitual en esta ópera fueron la Reina de la Noche y Sarastro. En el primer caso es normal puesto que es un papel pequeño pero que interpreta dos arias di bravura que se encuentran entre lo más difícil del repertorio operístico. Podemos decir que la Reina o está muy bien o, simplemente no está. La rusa Albina Shagimuratova cantó magníficamente y lo mejor es que parecía que no hacía esfuerzo. Parecido ocurrió con Sarastro interpretado por el bajo Tobias Kehrer que estuvo fantástico y alcanzó unas notas graves que ponían los pelos de punta. Me encantaron además las tres damas que cantaron e interpretaron muy bien. También se llevaron grandes aplausos los tres niños cantando y actuando con gran madurez y profesionalidad. Papageno (Michael Volle) estuvo divertido y dio un tono apropiado a su personaje, que fue interpretado en el estreno mundial por el propio libretista y productor de la ópera, Schikaneder. Pamina (Nadine Sierra) estuvo muy dulce y sentimental, un contrapunto delicado entre tanta filosofía y pruebas iniciáticas. Tamino (Stanislas de Barbeyrac) fue quizá el más soso aunque a nivel vocal estuvo correcto tanto en solitario como en los concertantes. Destacar la presencia de José Van Dam, toda una leyenda de la ópera en el papel del predicador. Los comprimarios y el coro acompañaron perfectamente al resto del reparto y la orquesta dirigida por el húngaro Henrik Nánási estuvo perfecta: muy bien el tempo, la sincronización, el volumen... parece una obviedad pero no lo es. Las hay que ahogan a los cantantes, las hay que apenas se oyen y las hay que suenan a pachanga de fiesta de pueblo. Por todo lo anterior, debo decir que fue una noche inolvidable.

 
 La Ópera Bastille por fuera
 

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