lunes, 19 de septiembre de 2016

Héloïse, ouille! o las 50 sombras de Abelardo

Cuando escribo en el blog, mis críticas son mayoritariamente positivas porque hablo de lo que me gusta: las exposiciones, los monumentos, los libros, las películas... todo aquello que comento son actividades que he elegido pensando que voy a salir contenta de la experiencia. Pero, a veces, me equivoco. Y hoy toca hablar de una enorme decepción. Compré la novela Héloïse, ouille! de Jean Teulé con mucha ilusión para conocer un poco más la historia de amor de Abelardo y Eloísa, la mítica pareja parisina que vivió una turbulenta relación amorosa, pero la historia allí contada empezó a decepcionarme desde el primer capítulo. La novela es una vulgaridad, no tiene ritmo, la historia está pésimamente narrada, no hay más que varias anécdotas sexuales enlazadas y contadas con un lenguaje soez más propio de los escolares alumnos de Abelardo que de una obra seria. 


El abuso de exclamaciones empieza ya con el mismo título Héloïse, ouille! que, por cierto, rima con couilles (cojones), palabra muy repetida a lo largo de toda la historia igual que con (coño), baiser (follar) y otras lindezas parecidas. La psicología de los protagonistas ni está ni se la espera: no hay ninguna introspección psicológica ni caracterización de los personajes más allá de verlos como una pareja que está cachonda todo el día. Esto es especialmente grave en el caso de Abelardo, consagrado hasta entonces al estudio de la dialéctica. No se ve en él ninguna evolución, ni pasos intermedios entre la prudencia del filósofo y el deseo y el amor que le produce su alumna; bien al contrario, el sabio maestro tiene sentimientos lascivos desde el primer momento en que la ve. No hay lucha interna en él pero tampoco ingenuidad en la brillante alumna Eloísa, encerrada durante años en un convento y sobrina de Fulberto, canónigo de París. Puede ser interesante plantear la historia desde el punto de vista sexual, por lo que puede tener de sorprendente una relación de personas tan inteligentes y cultivadas en la Edad Media, un período de supersticiones y en el que la gente vivía en el hambre, la ignorancia y el miedo; pero esta obra, a ratos, parece escrita por un niño que acaba de aprender palabrotas y las dice sin ton ni son para provocar.

Edificio situado en el solar donde se hallaba la casa de Abelardo y Eloísa
 
Pero lo de esta novela es pasarse de la raya: el autor va directo al grano desde el segundo capítulo y no hay cortejo ni seducción ni construcción de una base sólida a nivel personal, que imagino que sería importante cuando los amantes batallaron tanto para poder estar juntos. Todo lo que hicieron no se debía al deseo de echar cuatro polvos (ahora soy yo la que se pone vulgar) sino a una verdadera relación de amor maduro y de una auténtica voluntad de estar juntos. Por no hablar de los jueguecitos sadomasoquistas entre los protagonistas, que hacen que esta novela parezca un 50 sombras de Abelardo o algo peor, o de que precisamente las sombras de los amantes en plena vorágine sexual se proyecten sobre uno de los laterales de Nôtre-Dame como si de un espectáculo de sombras chinescas se tratase provocando un tumulto entre los habitantes del lugar allí concentrados como si aquello fuera un cine de barrio. De la escena de la castración de Abelardo, mejor no hablo para no herir la susceptibilidad de mis lectores varones.

Para rizar el rizo, el autor pone en los labios de los protagonistas palabras que nunca pudieron usar porque pertenecen a objetos o conceptos desconocidos en el París de 1118 como la flor de loto o el azúcar, lo que hace patinar aún más la historia.

Sí, mi crítica es muy negativa pero no soy la única que opina así.

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