martes, 6 de octubre de 2015

Retrospectiva de Mme. Le Brun

Hace unas semanas, conocí las nuevas exposiciones que se preparaban en París para este otoño-invierno y me llevé una gran sorpresa al ver que, por primera vez, Francia iba a dedicar una retrospectiva a Mme. Le Brun a la que conocimos aquí. No me maginaba, cuando escribí la entrada, que volvería a hablar de aquella dama y mucho menos que tendría la ocasión de ver casi todos sus cuadros expuestos juntos, más allá de la media docena de pinturas suyas que hay repartidas entre el Louvre y Versalles. Por eso, desde el primer momento, tuve claro que iría a ver esta exposición que ha contribuido a rendir homenaje y reivindicar la figura de esta ilustre pintora: la primera mujer que entró en la Real Academia de Pintura y Escultura y la primera, también, propietaria de un taller en el Louvre en el que daba clase a sus alumnos. (Hasta hace poco tiempo, además de museo, el Louvre era escuela de Bellas Artes y los maestros alquilaban o compraban sus espacios para dar clases)

He aquí la artista

Hasta tal punto llega el deseo de reivindicar su figura que ahora la presentan como Mme. Vigée Le Brun, anteponiendo su apellido de soltera al de casada. Hija de un pintor, desde muy pequeña mostró habilidades para el dibujo y la pintura que su padre estimuló enseñándole las técnicas de pastel y carboncillo. Siendo muy joven, empezó a retratar a sus familiares y amigos lo que valió conseguir sus primeros encargos entre la aristocracia y alta burguesía de la época hasta llegar a ser la pintora de cámara de la reina María Antonieta. La reina fue una de sus más firmes valedoras para que lograra su ingreso en la Academia de san Lucas y, posteriormente, en la Academia de Pintura y Escultura. Dada su cercanía con la familia real francesa, durante la Revolución fue calumniada y perseguida hasta el punto de tener que huir del país precipitadamente con su hija. De Francia pasó a Italia, donde sus amistades y su fama como retratista le abrieron las puertas de las mejores familias del sur de Italia. Posteriormente, pasó por Austria, Prusia y Rusia donde continuó su trabajo recibiendo encargos de los personajes más importantes, incluidas las familias reales de esos países. Especialmente fecunda, fue su relación con la casa imperial rusa que le encargó varios retratos de algunos de sus miembros.

La Paz y la Abundancia, obra que le valió convertirse en académica

Posteriormente, en la época napoleónica, regresó a Francia donde volvió a recibir encargos de las familias más importantes, incluida la familia Bonaparte. Unos años más tarde, realizó un viaje a Inglaterra en el que tuvo la oportunidad de retratar a algunos nobles y ricos comerciantes. De regreso a Francia, cultivó una de sus últimas pasiones, quizá la menos conocida, la de pintar paisajes, a la que se empezó a aficionar durante su estancia en Italia.

Algunos de los paisajes que pintó Mme. Le Brun

Hay que reconocer que buena parte del éxito del que disfrutó Mme. Le Brun durante su vida se debió a su realismo idealizado, es decir, a reflejar los rasgos de sus clientes pero algo embellecidos. Su excelente técnica, la dulzura de las composiciones y los colores cálidos que empleaba le valieron contar con una selecta y fiel clientela. Aunque tampoco faltó la polémica en su vida. En primer lugar, por el hecho de ser mujer, tenía muy difícil el acceso a formación y a los organismos culturales de la época. Después, al tener una relación de mucha confianza con la reina María Antonieta, decidió pintarla en camisa, es decir, en una prenda de interior, sin vestido, lo que provocó un escándalo en la época. Finalmente, al ser una pintora que realizaba sus retratos por encargo, no le faltaron los clientes insatisfechos como la zarina Catalina II a la que no le gustó nada el retrato conjunto de las dos hijas del zarevich Pablo.

 La reina de Francia en camisa y con sombrero de paja. Un escándalo.

 El retrato de las grandes duquesas juntas disgustó a la zarina Catalina II

Cabe destacar, también, que fue una gran pintora de retratos infantiles y una de las primeras artistas en dar una imagen tierna y amorosa de la maternidad por lo que abundan en su obra los retratos de madres en actitud cariñosa con sus hijos, empezando por el de ella misma con su hijita Jeanne.

Mme. Le Brun abraza cariñosamente a su hija Jeanne

Como opinón personal, debo decir que la exposición está muy bien realizada, ordenada y explicada. Se comprenden bien las obras en su contexto y a nivel pictórico. Además, se incluyen obras de otros artistas contemporáneos y también de otras mujeres artistas de la época y décadas posteriores. Asimismo, se analiza la situación de las mujeres artistas y hay varios cuadros de talleres de pintoras famosas. A pesar de todo lo anterior, debo destacar que hay algunos fallos importantes: es un poco raro que el cartel de la exposición no sea un autorretrato de los varios que pintó, inspirada por el gran maestro Rubens, sino la imagen de otra persona. Tampoco hace referencia a su taller en el Louvre aunque sí se habla de su labor como maestra.

Cartel de la exposición

Por suerte para todos, no se hacen apenas referencias a anécdotas tontas como los caprichos de sus clientes (los retratos de algunas damas de la familia Bonaparte y de ciertas nobles italianas tuvieron que ser corregidos y modificados varias veces) pero para esas estupideces ya están los guías. Durante toda mi visita, estuve detrás de un grupo de personas de la tercera edad que llevaban una guía que les iba contando que una dama retratada era un poco ligera de cascos, en lugar de hablar de la dulzura de los trazos, el dibujo sutil o los colores cálidos de la obra. Por encima de superficialidades, el arte de Mme. Le Brun permanece inalterado con el paso de los siglos, mostrando la cara amable de aquellos personajes que un día posaron para ella con el convencimiento de que la artista sería capaz de sacar de ellos toda la luz, la armonía y la delicadeza que llevaban dentro y cuya maestría la convirtió en, seguramente, la gran dama de la pintura francesa.


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